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Al otro lado

Al otro lado del espejo

solo yo y mi reflejo

con una mirada en silencio

compartimos mil secretos

 

Al otro lado de mis ojos

donde habita tu recuerdo

cuelgo un velo

entre pestañas

para que oculte mi lamento

 

Al otro lado de la mentira

donde duermen las verdades

yace una niña perdida

allá donde nadie la alcance

 

Al otro lado del presente

solo tú y nuestro pasado,

al otro lado del pasado

¿habrá un futuro que me encuentre?

 

De mi lado

hasta tu lado

el hilo del destino yace roto,

al otro lado del tiempo

aguardo un mañana incierto

¿habrá hombre que desvele

el ventanal de mi mirada,

que desnude los secretos

en el reflejo de mi cara?

 

¿Al otro lado

habrá quién cruce

a este lado?

 

A mi lado…

 
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Publicado por en mayo 28, 2012 in Poesía

 

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Bajo el cielo, sobre la tierra

Sentada en la orilla del tiempo

las olas del pasado

lamen nuestros recuerdos,

hace tiempo que borraron las promesas

escritas en tinta de sueños.

 

Cuando nace la noche

la última luz del día muere

y quiero bañarme desnuda

bajo la luz de la luna,

al otro lado del crepúsculo

nos conecta a este mundo

el mismo cielo nocturno

si te asomas a la cara oculta de la luna

¿nos volveremos a encontrar?

 

He colgado de las estrellas

un columpio de todas aquellas

promesas que quedaron rotas,

de cada una de sus piezas

he creado un eslabón

¿si las uno hasta el fin del mundo

conectaré a tu corazón?

 

La marea de memorias

me mece al paraíso de Morfeo,

al otro lado de los sueños

me pregunto si estarás tú,

hasta que las campanadas de medianoche

destrocen el paradigma de mis ilusiones

bailaré con el recuerdo de los dos

en esta playa donde naufragaron las emociones

y solo sobrevivo yo

hasta que el alba abrace la silueta del amor perdido

y te inmole el sol

cuando mire atrás sobre la arena

se habrán ahogado en la marea

las huellas de los dos

y a este lado del cielo

volveré a estar tan solo yo

 
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Publicado por en mayo 28, 2012 in Poesía

 

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Suspiros al alba

Se ha apagado un suspiro en la ventana,

el rocío de un recuerdo que se empaña,

vaho de un sueño que el mañana

evapora contra la realidad.

 

En el cenicero de las viejas ilusiones

donde muere el humo de los rotos corazones

solo quedan cenizas de canciones

que el ave enjaulada no sabe cantar.

 

Tras los barrotes de la monotonía

languidece la noche encadenada al día,

último quejido que expira

inmolado en el alba de la ciudad.

 

Y a estas horas intempestivas

cuando los rascacielos visten de metal

cuando el alba tiñe de sangre las heridas,

cuando nadie escucha,

cuando nadie mira,

abro la ventana y los dejo marchar

a los sueños que suspiran

y empañan la esperanza

y desde mi ventana

los veo extender las alas y volar,

el ave que enjaulada languidece

muere en libertad

pero antes de su último suspiro

¿encontrará las letras

y volverá a cantar?

 

Quiero escuchar una vez más

a la golondrina

a la primavera llamar.

 
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Publicado por en mayo 25, 2012 in Poesía

 

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Amor tatuado con permanente 1

-¿Qué haces?

Simon de 7 años entró al baño y se la quedó mirando con sus grandes ojos oscuros llenos de incógnitas. Nana se apresuró a dar la cadena del váter y se limpió a toda prisa la boca con el dorso de la mano.
-¡Simon!-reprendió a su hermano menor- ¡No te tengo dicho que no entres al baño sin permiso cuando estoy dentro!
-Mamá ha dicho que somos una familia y que en familia no hay vergüenzas ni puertas cerradas- protestó el niño imitando con voz infantil el tono de los adultos.
La muchacha abrió el grifo y procedió a lavarse las manos evitando inconscientemente la mirada inocente de su hermano.
-Ahora mamá no está en casa y cuando no está yo soy la que mando. Mamá me ha dejado al cargo así que tienes que obedecerme.
-¿Quién lo ha dicho?- preguntó el pequeño enfurruñado.
-Mamá lo ha dicho y lo sabes.- contestó la muchacha con voz severa- así que la próxima vez no entres si
sabes que el baño está ocupado.
El niño dejó escapar un largo suspiro y sacudió la cabeza.
-La edad del pavo es desconcertante- repuso con un tono de voz cansado que no casaba con su edad. Al igual que se lo había oído repetir a su madre decenas de veces. Incluso el suspiro y la sacudida de cabeza eran una burda imitación de los gestos con que su progenitora acompañaba aquellas palabras.
Nana se sintió extrañamente irritada al oírlo, como siempre, pero no dijo nada. En vez de eso cerró el grifo, se giró hacia él y sonrió.
-El baño ya está libre por si quieres usarlo.- le dijo con suavidad.
Simon miró la taza del váter y frunció el ceño como si le planteara un problema particularmente difícil, después negó muy serio.
-No, he tenido que esperar y ya se me han pasado las ganas.- anunció a voz en grito- Es tu culpa.
Y sin decir una palabra más dio media vuelta y salió a la carrera del baño tal y como había entrado. Nana dejó
escapar en un suspiro toda su frustración y volvió a cerrar la puerta. A veces juraba que sus hermanos tenían un complot secreto para volverla loca.
Volvió a inclinarse sobre el lavabo, abrió el grifo y dejó correr un instante el agua. Al menos no había visto nada- se tranquilizó a si misma, sino tendría que habérselas ingeniado para comprar su silencio.
Se apartó el cabello fino y rubio de la cara y se agachó hasta que su boca quedó a la altura del chorro de agua fría. Dejó que el líquido limpio y fresco llenara su boca y disipara el sabor amargo de la bilis en su lengua. Se enjuagó enérgicamente y escupió. Repitió el proceso varias veces hasta que no quedó rastro del desagradable sabor. Volvió a cerrar el grifo y se secó la boca con la toalla de manos. Después con un suspiro se irguió de nuevo y cruzó la mirada involuntariamente con el espejo. Una adolescente de cara alargada, piel pálida y largo y liso cabello rubio tostado le devolvió la mirada con unos grandes ojos azules, desahumados y carentes de expresión. Torció el gesto y apartó rápidamente la mirada con repulsión
Después salió del baño como una exhalación, como si huyera de un misterioso adversario. Tan solo ella sabía que huía de si misma.
 
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Publicado por en mayo 22, 2012 in Amor tatuado con permanente

 

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Pacto de Sangre 5 (Ada)

Cuando Ada se giró y vio aquellos ojos de serpiente abalanzarse sobre ella comprendió por primera vez lo que era el miedo. Frío e irracional, el terror se cerró sobre su garganta como un puño de hierro. Quiso abrir la boca para gritar pero no pronunció sonido alguno. Con una sonrisa macabra en los labios el hombre del bar la atrajo hacia si y la retuvo entre sus brazos. Al sentir el contacto de su piel fría, fría como si se tratara verdaderamente de una serpiente, la muchacha sintió algo despertarse en su interior. El instinto, irracional y primitivo, urgiéndole a gritos que escapara. Desesperada trato de zafarse pero fue inútil, su abrazo era fuerte y tan solo logró enredarse más en sus garras. El brillo en sus ojos era salvaje. No era humano, era la mirada voraz de un depredador al caer sobre su presa.
Quiso gritar cuando una mano gélida se cerró sobre su barbilla y la obligó a volver la cabeza. De reojo pudo ver la sonrisa sádica que se ensanchaba hasta dejar los colmillos al descubierto. Quiso gritar cuando se inclinó sobre su cuello y sintió algo duro y frío hundirse en la piel de su garganta. Quiso gritar al sentir la punzada y el aleteo irregular de su corazón tratando de escapar por su boca. Quiso gritar desesperadamente pero lo único que salió de entre sus labios fue un débil gemido. Y entonces una sensación extraña comenzó a tomar posesión de su cuerpo.
Podía sentirlo, como un beso prohibido contra la piel de su cuello pero no hubo dolor. Una falsa neblina de placer comenzó a nublar sus sentidos, como si a oleadas el éxtasis se abriera paso por sus venas y abotargara su razón. Las piernas le fallaron y se sintió derrumbar en sus brazos mientras la voz que a gritos le suplicaba que escapara comenzaba a morir sucumbida por la somnolencia. Los latidos de su corazón se ralentizaban y de pronto respirar parecía no ser importante, nada lo era salvo aquel extraño placer que la invitaba a dejarse arrullar al paraíso de los sueños, que despertaba un instinto de ser poseída dormido, antiguo y secreto. Mientras los labios de él se apretaban contra su cuello y sus colmillos se hundían añorantes y ella no podía sino suspirar. Perdió todo control sobre si misma.
Pero en medio de aquel idílico letargo una revelación despertó en su mente, una comprensión absoluta que hizo añicos las barreras del subconsciente. Como un rayo de luz que señala lo imposible, tan solo lo supo y su cerebro lo difamó a gritos.
¡VAMPIRO!
Era imposible pero era un vampiro, un auténtico vampiro, un cazador de la noche descendido a darle caza. ¿Era aquel el momento de su muerte? ¿Era el beso de un inmortal el arma del delito? No importaba. En aquel momento en su mente solo existía una seguridad absoluta e irrevocable: los vampiros existían. Sus sospechas, su secreto y oscuro deseo, el quid de su fascinación irracional… todo comenzaba a cobrar sentido. Los vampiros existían.
 
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Publicado por en mayo 22, 2012 in Pacto de Sangre

 

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Amor tatuado con permanente

¿Lo recuerdas?
Yo aún no lo he olvidado a pesar de que hace tiempo que se ha borrado tu nombre que con amor y rotulador permanente grabaste en mi antebrazo. Por aquel entonces éramos jóvenes y estábamos lleno de promesas, quería tatuarte en mi piel para que jamás fueras capaz de borrarte. Estábamos perdidos y algo decepcionados de la vida pero en medio de aquel caos interior al que llaman adolescencia nos encontramos y fuimos el refugio del otro. Fue un amor amargo pero el recuerdo es dulce porque en las penumbras de aquellos años confusos te tuve y gracias a ti construí momentos felices aun en la tristeza.
Ahora mirando atrás creo que tan solo te tatuaste con permanente porque en el fondo sabíamos que nada es para siempre. Pero ni el agua, ni las lágrimas, ni el tiempo han conseguido borrarte de mi corazón. Es la fuerza de un amor inolvidable, de un amor complejo, de un primer amor. El poder de aquel amor que nos mantuvo a flote y nos hundió.
 
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Publicado por en mayo 21, 2012 in Amor tatuado con permanente, Relatos

 

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Romance ilusorio

Con miradas perdidas

las palabras nunca dichas

quedaron suspendidas en el olvido,

presas del recuerdo

de un amor incierto

que nunca encontró hilo en el destino

que lo tejiera,

los pedazos de un corazón roto

sin remiendo

que vivió de los sueños y sus suspiros

y como una melodía perfecta

que de fantasías compusimos

pero jamás hayamos voz con que cantarla

los amantes ilusorios

en nuestras propias memorias nos extinguimos.

 

Nosotros que en secreto nos amamos

y nunca lo supimos.

 
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Publicado por en mayo 21, 2012 in Poesía

 

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Pacto de Sangre 4 (Nero)

Las noches del Siglo XXI se habían convertido en el paraíso del depredador nocturno. Antes había que acechar en las sombras a la espera de que alguna víctima despistada cayera en sus garras, huyendo de la inquisición y los cuentos de brujas… Hoy bastaba con acercarse a cualquier bar pasada la medianoche y sin ni siquiera un pestañeo, un ejército de chicas medio desnudas estaban dispuestas a morir en sus brazos. Lo de morir para ellas no era literario por supuesto pero cuando te lanzas a los brazos de un atractivo e implacable asesino puede que el desenlace no fuera el esperado. Aunque eso, por supuesto, aquellas mujeres no lo sabían.Sí, alimentarse se había vuelto tan fácil como un juego de niños. Cualquier pub la madrugada de un fin de semana era un buffet libre de suculenta mercancía. Las mujeres cada vez llevaban menos ropa y eran a cada cual más bonita. Incluso las más normalitas habían aprendido a aplicar la magia del maquillaje para transformarse en falsas bellezas. Y se habían vuelto atrevidas, lo asaltaban con halagos y movimientos de pestañas, trataban de seducirlo con contoneos de caderas y medias sonrisas. Trataban de seducirlo a él, el rey de la seducción, sin ser conscientes de que eran ellas las que habían caído presas de sus mortales encantos. La idea bastaba para hacerle reír con amargura.

Pero algo fundamental se había perdido con aquellas mujeres prefabricadas que se echaban a sus brazos, todas oliendo al mismo perfume y alcohol barato. Aquella facilidad con que sus labios podían llegar al cuello de cualquiera de ellas, como sin miedo, sin preguntas se fundían en su brazo… todas cuantas quisiera sin necesidad de mover un dedo…con solo sentarse en la barra y esperar a que se percataran de su presencia hasta que todo ojo estuviera clavado en él. Algo se había perdido, algo que su instituto depredador echaba en falta, algo que agonizaba dormido en la profundidad de su subconsciente. La caza. El miedo en los ojos de la víctima, el subidón de adrenalina de la persecución, la sensación de victoria al atraparla, el poder al retenerla en sus brazos mientras ella intentaba zafarse… y el éxtasis de hundir los colmillos en la tersa piel de su garganta y desnudar todos sus secretos trago a trago. Sí, se había perdido la emoción de la caza.

Aburrido Nero removió el martini de su copa con parsimonia y echó un vistazo al cuartucho ahumado que se hacía llamar discoteca. Sus ojos se deslizaron sobre las curvas de las mujeres que se bamboleaban sobre la pista de baile, bajando por su escote o subiendo por los muslos, se insinuaban a los hombres con contoneos y bailes, pero su torpeza le resultaba poco insinuante. Y su ropa… Dio un pequeño sorbo al licor y dejó escapar un pequeño suspiro. Ah, dejaba tan poco a la imaginación. No le resultaban en absoluto apetecibles. Ninguna de ellas.

Y eso que varias eran atractivas pero hoy casi cualquier mujer sabía serlo, casi como si el atractivo se fabricara en masa… la que no era hermosa era guapa, la que no era guapa bonita, la que no era bonita al menos no era fea o cuanto menos atractiva. Y cualquiera de ellas terminaría en su abrazo con el mínimo esfuerzo de una mirada. Pero ninguna le resultaba apetecible, ninguna despertaba su deseo.

Sus ojos lentamente se giraron escaneando la sala por fuerza de la costumbre. Había una mujer sentada junto a él en la barra, o habría que decir una muchacha, Nero no creía que hubiera alcanzado la mayoría de edad aunque últimamente calcular la edad humana le resultaba complicado. La había sentido llegar y sentarse hacía aproximadamente una hora pero no le había prestado atención, era el tipo de persona que no la llamaba. Pero al volverse hacia ella sus miradas se encontraron y en un instante fue capaz de captarlo todo, cada nimio detalle de su aspecto.

Un rostro ovalado, pálido, carente de maquillaje; ni rimmel, ni sombra de ojos, ni tan siquiera pintalabios. El cabello castaño largo y revoltoso cayendo en una maraña de ondas sobre los hombros de su cazadora rosa. Las curvas voluptuosas y femeninas que ocultaba bajo una holgada camiseta de algodón blanco y unos vaqueros en contraste con su cintura estrecha. Pero sobretodo sis ojos, unos inmensos ojos de chocolate que parecían ocupar toda su cara, unos ojos ribeteados de largas y espesas pestañas aún sin maquillaje, unos ojos jóvenes e inocentes que se abrieron de par en par sorprendidos cuando se encontraron con los suyos. Los ojos de una gacela, de un cervatillo asustado… los ojos de una presa al reconocer el peligro. Y como un ramalazo el instinto de caza despertó en lo más profundo de su corazón, un instinto anciano y primitivo. La llamada de la caza.

La chica se puso precipitadamente en pie, casi tumbó el taburete. La coca-cola aún a medio beber tembló delicadamente en su vaso. Sintió su miedo, un terror tan primitivo como su instinto y el deseo de poseerla cegó todos sus sentidos. Siguió el movimiento desesperado de sus ojos mientras recorrían la sala en busca de ayuda. Acarició con la mirada los jugosos labios de ella cuando se abrieron en busca de una bocanada de aire y aspiró el aroma de su miedo. Escuchó el sonido de sus rápidos pasos mientras se dirigía hacia la puerta y siguió el contorno de su espalda cuando desapareció en el exterior.

Ah, así que aún quedaban criaturas con aquel instinto primitivo de supervivencia. Aún había quién podía sentir el temor irracional de la muerte que emana de su presencia. Aún quedaban presas sobre la faz de la Tierra.

Despacio, muy despacio, se puso en pie y se acercó al taburete donde había estado sentada ella. Tan cerca y ni siquiera le había prestado atención… sintió el éxtasis que precedía a la caza abrirse paso por sus venas. Sobre la barra el vaso de coca-cola a medio beber, podía adivinar la marca de sus labios allí donde habían besado el cristal. Lo tomó con delicadeza y se lo acercó brevemente a la nariz. Aspiró largo y tendido. Allí estaba, el aroma de ella, tenue y apenas perceptible entre la polución del recinto y el olor de la bebida, pero vivo e inconfundible. Apenas olía a perfume, uno afrutado y refrescante. Su champú era de chocolate y el bodymilk de avena y miel. Se mezclaban casi como una tarta, una deliciosa tarta que deseaba saborear, desmenuzar bocado a bocado cada uno de sus sabores. Bajo la capa de perfume y artificialidad descansaban otros olores, los propios de la humanidad, un poco de sudor y aliento, esa mínima capa que acompañaba a toda criatura viva ya que ninguno podía borrar el olor de la vida. Y con ello pudo adivinar el aroma a rosas de su jardín, los arbustos que adornaban su camino cada día de regreso a casa, las enredaderas que trepaban por su cornisa… y bajo todo aquello el olor del mar, se adhería a su piel como sal, como si fuera parte de ella. Una mujer que olía a mar.

Nero cerró los ojos y comenzó a contar. Cinco  minutos de ventaja-se dijo- le daría cinco minutos de ventaja para hacer el juego más divertido. La dejaría escapar para después atraparla.

Los segundos se encadenaron eternos uno tras otros tejiendo minutos. 25 segundos, 45 segundos, un minuto, dos minutos y… ¡cinco! Abrió los ojos de par en par y centró su atención en la salida. ¡La caza había comenzado!

No fue difícil seguirle el rastro. Su aroma era inconfundible y aunque frágil entre centenares de otros olores más fuertes jugueteaba en  las fosas de su nariz como si lo retara a seguirlo. La muchacha ni siquiera corría, pero bien en estos tiempos era casi un milagro que se hubiera sentido amenazada al mirarlo. El hecho de que hubiera echado a correr, el hecho de que hubiera olido su miedo… habían bastado para despertar su instinto. La anticipación de la caza, una emoción que creía perdida pero que ahora palpitaba con fuerza en su interior como una fiera salvaje. Pobre desdichada-pensó- si su instinto no hubiera despertado para intentar salvarla probablemente jamás se hubiera fijado en ella. Pero lo había percibido, al mortal depredador que yacía en su interior y lo había hecho removerse furioso.

Se detuvo en la puerta y siguió sus pasos guiado por el tenue hilo de su aroma. Había girado a la derecha y apresurado para salir de la calle transitada. Había desembocado en un callejón oscuro y abandonado. Mala elección para una chica sola de madrugada, invitaba al peligro a correr bajo sus faldas. Pero probablemente ella no se sentía amenazada en las tranquilas calles de su pequeña ciudad. Después de todo ella había comprendido con una sola mirada que lo más terrorífico de su pacífico hogar era él. Y había tenido razón.

La esencia giraba. La joven había vuelto sobre sus pasos y se había desviado hacia… ¡el mar! A medida que se acercaba el olor salado parecía abrazarla, podía escuchar el bramido de las olas al romper contra el malecón del Paseo Marítimo, casi podía sentir el agua salpicar su cara con suavidad. Y entonces las callejuelas de la ciudad vieja se abrieron y dieron paso a un largo paseo, al otro lado se expandía la infinidad del océano y asomada a la barandilla la joven le daba la espalda con la vista perdida en algún punto del infinito.

Había dejado de huir. Probablemente la racionalidad había vencido la batalla al instinto y ahora se veía relajada mientras la brisa marina mecía suavemente su cabello y dejaba acariciar por el rocío del mar. Se tomó un instante para volver a analizarla. De mediana estatura y delgada, su primera impresión no había sido equivocada, era una mujer que no llamaba la atención pero probablemente porque no deseaba llamarla. Nadie hubiera dicho que era una belleza pero vista de perfil nadie podía decir tampoco que no fuera bonita a su manera. Con la nariz un poco demasiado larga salpicada de pecas, una diminuta marca blanca sobre la frente allí donde una vez había habido una cicatriz, la melena despeinada al viento y la misteriosa profundidad de su mirada perdida en ninguna parte… cada pequeño detalle era parte de su totalidad, de su individualidad.

Con la lentitud de un depredador acechante y paso felino se acercó a ella por la espalda. Sin que lo escuchara ni fuera siquiera consciente de su presencia. No lo oyó llegar, no lo sintió acercarse hasta que lo tuvo a su altura y fuera demasiado tarde.

Entonces lo sintió. Primero el vello de la espalda de ella erizarse, después el pequeño jadeó de sus labios al dejar escapar el aire y por último el terror y la sorpresa que reflejaron sus ojos al girarse y encontrarse frente a frente con él.

No la dejó actuar. No la dejó pensar. Ni siquiera la dejó abrir los labios y pronunciar sonido alguno aunque probablemente no hubiera sido capaz pronunciarlo. Sintiendo la adrenalina abrirse paso acelerada por su sangre su abalanzó sobre ella. Lo último que vio antes de hundir los colmillos en la fragante y tersa piel de su cuello fueron sus ojos. Ojos inmensos, inocentes y aterrorizados… los ojos de una gacela. Después la sed roja cegó el último atisbo de su cordura y la retuvo sin dificultad entre sus brazos mientras ella desesperada trataba de zafarse. La apretó contra su pecho y sus manos se cerraron en torno a su cintura, sintió el aleteo desesperado de su corazón contra el suyo frío y silencioso que hacía mucho había dejado de latir. E inclinándose sobre ella aspiró su aroma al tiempo que sus colmillos rasgaban su carne y la primera gota de sangre, cálida y salada, rozaba sus labios como néctar de fruto prohibido. El cuerpo de la muchacha quedó inmóvil en sus abrazo, inerte y vencido, y sabiéndose victorioso Nero entreabrió los labios y dejó que el éxtasis rojo llenara su boca a borbotones y nublara sus sentidos.

Y entonces, entre los millones de fragmentos de recuerdos desperdigados y pensamientos confusos que le mostraba la sangre uno se abrió paso alto y claro en su mente, como un grito, como una cuchillada, como una acusación. Una sola palabra.

“¡VAMPIRO!”

 

 
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Publicado por en mayo 18, 2012 in Pacto de Sangre

 

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It was raining

I liked the day you dumped me

I liked it

’cause it was raining,

I liked the rain pouring down my face,

I liked it

’cause you couldn’t see my tears

as I walked away

 

I could act cool,

stand my ground,

you never saw

I was breaking down

as the rain poured down on me,

on the broken memories

 

It was a rainy day,

the day you said goodbye

It was raining…

The tears fell from the sky

and wet my cheeks,

you couldn’t see

how much I hurt…

you walked away with my heart

but at least

I kept my pride intact

 

It was raining

 

I liked the day I said goodbye

I liked it

’cause it was cold,

I liked the cold wind freezing my breath

I liked it

’cause I couldn´t feel my heart

which was freezing

 

I could stand

and cooly leave,

I never heard

my heart was breaking,

as the wind freezed my tears

the rain poured down on me
It was a rainy day,

the day you said goodbye

It was raining…

The tears fell from the sky

and wet my cheeks,

you couldn’t see

how much I hurt…

you walked away with my heart

but at least

I kept my pride intact

 

It was raining

It was cold

 

The day you dumped me

it was raining,

I liked it

’cause it was raining

 

The day we parted ways

it was the coldest

day I’ve ever lived

still I liked it

’cause you couldn’t see

that I was hurting
you walked away with my heart

but at least

I kept my pride intact

It was a rainy day,

It was the coldest day

and though you couldn’t see

my heart was breaking

 

It was a rainy day

the day we parted ways

it was raining…

 
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Publicado por en mayo 15, 2012 in Lyrics

 

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Pacto de Sangre 3 (Ada)

(Mientras tanto)

-¿Por qué estoy aquí?-se preguntó Ada por enésima vez en la última hora.

Dio un pequeño sorbo a su coca cola que seguía igual desde que la había pedido hacía ya más de una hora y echó un vistazo nervioso alrededor. Al bar abarrotado de gente, a la bola de discoteca fluorescente que lanzaba parpadeos a los adolescentes sobre la pista de baile, al pesado olor a licor, sudor y perfume y a la pantalla de humo que parecía nublar la noche dentro del minúsculo recinto.

-¿Qué estoy haciendo aquí?-volvió a preguntarse.

Por supuesto que lo recordaba. Sus compañeras de clase habían insistido en que las acompañara de fiesta aquella noche y a pesar de que no era aficionada a aquellas cosas había acabado por aceptar. ¿Por qué? Debía de haber sido un ataque de locura transitoria. Uno que no se debería repetir. Mirando al reflejo de su coca cola pensó que la soledad era en realidad una compañía temible y pesada, lo suficiente para haberla hecho aceptar aquella extraña invitación y acompañarla en silencio.

Si se había preguntado porqué sus compañeras se habían mostrado más que solicitas a invitarla, hacía tiempo que había quedado más que claro. De algún modo habían descubierto que conocía a Unax, el guitarrista de un grupo underground en el que coincidentalmente Marina estaba interesada. Y Marina era del tipo de persona que lograba lo que quería. No había tardado en desaparecer después de que Ada los presentara y por casualidades de la vida ahora se encontraba en la esquina más apartada de la discoteca metiéndole a Unax la lengua hasta la garganta.

Bueno, llamarle a aquel antro una discoteca era ser amable y mucho. Era un local tan pequeño que los jóvenes se amontonaban sobre la pista de baile y se dedicaban a bambolearse con cuidado de no tropezar unos con otros, aunque Ada estaba segura de que más de uno que otro tropiezo sería intencional. Aparte de un par de taburetes frente a la barra no había más sitio donde sentarse, tampoco es que a nadie pareciera importarle demasiado. Ada había confiscado uno de ellos y no estaba dispuesta a soltarlo.

El otro estaba ocupado al otro lado de la barra por un hombre joven. Ada le había echado un rápido vistazo al entrar y sabía que era atractivo. El tipo de atractivo que la ponía nerviosa. Alto y atlético, vestía unos vaqueros ajustados y una cazadora de cuero negro que hacía juego con su sedoso y convenientemente despeinado cabello azabache. Tan solo había visto su rostro un instante de perfil antes de apartar la vista pero se había fijado en sus facciones simétricas, su nariz recta y sus finas cejas negras. Era la clase de rostro que uno esperaría encontrar adornando la portada de una revista de moda en vez de languideciendo entre los flashes fluorescentes de aquel tugurio.

Ada, tímida e introvertida por naturaleza, encontraba difícil tratar con la gente, sobretodo si eran desconocidos. Pero lo que le costaba más que nada era relacionarse con gente atractiva, aquellas caras hermosas que parecían una injusticia de la naturaleza la ponían nerviosa. Por eso se había pasado la última hora con su coca-cola a solas intentando con todas sus fuerzas no mirar hacia aquella esquina, fingir que aquel chico atractivo no existía, aun cuando era completamente consciente de su presencia.

Pero en el momento en que pensó en él sus mirada se desvió involuntariamente y … sus ojos se encontraron. Ada contuvo el aliento. Unos asombrosos ojos de un místico color aguamarina le cortaron la respiración y mientras luchaba por aspirar una nueva bocanada de aire fresco pensó que aquellos ojos no eran humanos. No podían ser humanos. Eran los ojos de una astuta serpiente, la mirada voraz e impasible de un depredador. E instintivamente Ada supo que ella era la presa.

Un terror frío e irracional recorrió cada célula de su cuerpo y sin ser consciente de lo que hacía se puso precipitadamente en pie. Buscó rápidamente una salida. No sabía como, no sabía porqué… pero su instinto le pedía a gritos que saliera de allí lo antes posible. Recorrió el bar con la mirada en busca de sus amigas pero no tuvo mucha suerte. Marina y Unax habían desaparecido quién sabe donde tras el apasionado intercambio de fluidos bucales y su esquina la ocupaba ahora la diminuta Mona dejando la marca de su pasión en el cuello del tercer chico en aquella noche. Bea y Vicky daban tumbos sobre la pista de baile y parecían sinceramente bastante incoherentes desde hacía ya un rato.

Sin pararse a mirar atrás y ver si el desconocido se inmutaba ante su extraño comportamiento, Ada se abrió camino hacía la calle a empujones. En la entrada se encontró a una semiinconsciente Sara tirada contra la pared con una sonrisa bobalicona y la mirada brillante y perdida en algún punto de la pared de enfrente. Ada le hizo rápidas señas indicándole que se volvía a casa logrando por un segundo que la mirada de su compañera de clase se enfocara en ella.  Sara asintió sin dejar de sonreír y alzando la botella de fanta, que claramente no contenía solo fanta, le hizo un extraño saludo a medio camino entre un brindis y una seña y se tras llevarse la botella a los labios dio un largo trago. Ada frunció el ceño y se preguntó si habría entendido algo pero no se quedó a comprobarlo. El pelo de su nuca se erizó de forma extraña y le urdió a desaparecer cuanto antes de allí. A pesar de saber lo irracional de aquella situación decidió seguir adelante.

La estrecha calle estaba abarrotada de jóvenes ruidosas que bebían, charlaban y ligaban, o al menos lo intentaban, a la entrada de los diversos bares que plagaban la parte más antigua de la ciudad. Una extraña forma de mantener el patrimonio cultural, sin duda.

Sintiéndose incómoda, como siempre que estaba rodeada de una multitud, la muchacha se apresuró calle abajo. Ya no buscaba tan solo huir de la escalofriante mirada de aquellos ojos de serpiente sino también del bullicio de los adolescentes borrachas. A cada paso que daba era cada vez más consciente de lo ridícula que había sido su reacción, salir corriendo aterrorizada por la mirada de un chico guapo. Sin duda cualquiera de sus “amigas” hubiera aprovechado la ocasión para lanzársele al cuello. Aquello era la gota que colmaba el vaso de sus propias excentricidades. Ahora hasta le daban miedo los hombres atractivos. ¿Qué sería lo siguiente?

Aún así había sido una excusa tan buena como cualquier otra para salir de aquel antro y respirar un poco de aire puro. Inspiró hondo y tosió. Bueno, tan puro como pudiera ser el aire donde fumaban y bebían una marabunta de estudiantes, claro. Ahora al fin podía volver a casa.

Cuando por fin dejó la ruidosa calle atrás y desembocó en una callejuela desierta sintió como todo su cuerpo se relajaba y era capaz de volver a respirar. Sí, sin duda, había sido un momento de locura transitoria, todo lo que había ocurrido aquella noche lo había sido. Ahora a solas con el silencio y una fragante noche estrellada ya podía volver a ser ella misma. Había escarmentado, aquella ridícula experiencia le había enseñado que no debía volver a aceptar ninguna invitación futura de sus compañeras de clase para salir de noche.

Más tranquila observó su viejo reloj de pulsera. Era un modelo digital algo anticuado y la correa necesitaba ser cambiada pero aún así Ada lo conservaba con cariño porque había sido un regalo de su abuela. La luz fluorescente marcaba las dos y cuarto de la madrugada. Aún le quedaban tres cuartos de hora hasta que pasara el próximo autobús. Podía ir a la parada y sentarse aburrida a esperar a que llegara o…

Se detuvo en seco y giró sobre sus pasos con decisión. Ir a ver el mar. Siempre le gustaba acercarse a ver el mar, aspirar su aroma a sal y algas, contemplar la furia de sus olas al romper contra el maleolo y perder la mirada en el punto en que se fundía con el azul del cielo en el horizonte. Amaba el mar. Era una parte importante de ella misma, el mar que la hacía sentir melancólica y libre.

Tomó la primera calle a la izquierda y con decisión y una sonrisa se encaminó hacia el paseo marítimo. Parecía que la noche después de todo no sería una completa pérdida de tiempo.

 
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Publicado por en mayo 11, 2012 in Pacto de Sangre

 

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